Venezuela: el descenso a la anarquía

Por Claudia Herrmann

La pregunta es ¿cuánto más están dispuestos a aguantar los venezolanos antes de reventar? ¿Y qué harán después para restaurar su país? ¿Podrán hacerlo?

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Claudia Herrmann
Presidente de la
Asociación de
Mujeres Empresarias y Profesionales de Dallas

Me cuesta trabajo entender cómo es que no ha estallado ya la guerra civil en Venezuela. Es el ejemplo perfecto de un estado – y un país- fallido más allá de cualquier posibilidad de redención. Su economía ya colapsó, sus habitantes padecen hambre (al grado que su población adulta ha perdido 8 kilos o 19 libras de peso tan sólo el año pasado), sus enfermos mueren de una simple infección estomacal porque no hay antibióticos para curarlos, su economía se reducirá por cuarto año consecutivo en un 7.4 por ciento, la inflación es del 1,134 por ciento y su moneda ha perdido el 99.8 por ciento de su valor en los últimos cinco años (con una pérdida del 83.4 por ciento en 2016).

Su economía ha encogido en 32 por ciento desde 2014. La mortalidad infantil ha crecido en un 30 por ciento debido a la desnutrición y la carencia de medicamentos. Por si eso fuera poco, el país es un polvorín donde se combinan una catástrofe humanitaria de proporciones apocalípticas con un frenesí de violencia del estado en contra de su propia población.
Lo que sucede en Venezuela es una aterradora mezcla de la Gran Depresión norteamericana con la híper-inflación de la República de Weimar antes del ascenso de los nazis en las primeras décadas del siglo pasado. Esa es la “Revolución Bolivariana”. El ideal que le vendió Hugo Chávez a su pueblo, el de una sociedad igualitaria donde toda la población es meridianamente próspera, bien podría ubicarse en una galaxia muy muy lejana.
¿Las causas? La incompetencia extrema y la corrupción absoluta del régimen bolivariano. Es incomprensible cómo un gobierno ha destruido cabalmente a su país. ¡Ojo, México, que va para allá que vuela! Veamos: el régimen dilapidó sus recursos en la época de vacas gordas, exportando su revolución a otros países, viviendo exclusivamente de sus remesas petroleras pero al mismo tiempo debido a la corrupción extrema, permitiendo el colapso de Pedevesa, la petrolera estatal del país, inclusive cuando el precio del petróleo estaba en $100 el barril. Para financiar su derroche, el régimen chavista y ahora madurista hicieron lo que hacen los gobiernos corruptos e incompetentes: recurrir a la maquinita de impresión de dinero. Eso es algo que nunca va a funcionar y el resultado ha sido una inflación que ha escalado fuera de control. Entonces el régimen hizo lo que hacen los gobiernos corruptos e incompetentes: recurrir al control de precios y del tipo de cambio. Como el resultado fue desastroso, entonces el régimen hizo lo que hacen los gobiernos corruptos e incompetentes: nacionalizar las empresas manufactureras que se rehusaron a vender sus productos con pérdidas y estropeó totalmente la producción. Y no es que Venezuela se haya caracterizado desde antes por su gran base manufacturera. Desde tiempos inmemoriales el país ha importado la mayoría de los productos que se consumen. El resultado ha sido la escasez de todo y el creciente descontento popular. Entonces el régimen hizo lo que hacen los gobiernos corruptos e incompetentes: reprimir a su descontenta población en la creciente oleada de violencia extrema por parte de las fuerzas armadas del estado.
A pesar de las vigorosas protestas de estudiantes y amplios sectores hastiados de Nicolás Maduro, sus guardias y su demagogia, el grueso de la población –esa que recibió vivienda, educación, servicios de salud gratuitos, así como televisores y refrigeradores en épocas electorales-, aún no se rebela al unísono. Tal vez el hambre logre sacarlos de su desidia.
Inexplicablemente la financiera Goldman Sachs decidió comprar bonos de Pedevesa con valor de $2.8 mil millones a un precio base de $865 millones. Probablemente Goldman Sachs piensa que hay Nicolás Maduro para rato. Tal vez porque Maduro usó $300 millones de ese dinero para comprar armas, para usarlas en contra de su propio pueblo y culiatornillarse en la silla grande per secula seculorum. Tal vez porque al ser Estados Unidos autosuficiente en petróleo, Venezuela ya no es de importancia o siquiera de mediano interés estratégico para este país. Ni siquiera el bombástico Trump, quien se caracteriza por sus infundadas opiniones sobre todo lo que sucede en el mundo, se ha dignado de mencionar a Venezuela. Tal vez porque el resto del dinero servirá para aplacar las cosas y repartir alimentos al ejército para asegurar su lealtad, y a quienes opten por callarse y aguantar al régimen. Sin embargo, la economía del país está destruida. Ese dinero es tan solo un paliativo. Es algo así como ponerle una curita a una cabeza decapitada esperando con ella detener la hemorragia.
Los venezolanos apostaron por el socialismo. Hoy hasta los pobres están peor, mucho peor que antes. La pregunta es ¿cuánto más están dispuestos a aguantar los venezolanos antes de reventar? ¿Y qué harán después para restaurar su país? ¿Podrán hacerlo?
Hasta la próxima y buena suerte. Claudia Herrmann es Presidente de la Asociación de Mujeres Empresarias y Profesionales de Dallas cherrmann@amepusa.org

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