Pobre México, tan lejos de Dios y tan lleno de mexicanos

Por Claudia Herrmann

El exgobernador de Veracruz Javier Duarte y el presidente Peña Nieto en una de sus reuniones.

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Claudia Herrmann
Presidente de la
Asociación de
Mujeres Empresarias y Profesionales de Dallas

En los corredores empresariales, en el Club de Industriales, restaurantes, cafés, y hasta en las mismas oficinas de gobierno y de los congresos de México hay un tema de conversación que es prevalente: el de la corrupción sistémica que está amenazando con desmoronar al país y dejarlo en ruinas. Millones de flamígeros dedos índices señalan como culpables de los males de México a los gobiernícolas y la casta de empresarios surgidos de oscuras complicidades con quienes los primeros comparten multimillonarias ganancias derivadas de contratos de obras y servicios públicos. 

Tal vez el caso más extremo de corrupción es el exgobernador de Veracruz Javier Duarte, preso en Guatemala y con un proceso de extradición a México pendiente. Pero otros ejemplos como él abundan, aunque tal vez los desfalcos que hayan cometido sean de menor monto. Pero nadie en la sociedad se molesta en tomar un espejo para ver su propio rostro de corrupción reflejado en él.

Ninguno de estos sátrapas brota de la tierra cual hongo venenoso. Son el clásico ejemplo del “ingenio” mexicano. Estos individuos son producto de una sociedad que premia la viveza de un individuo para obtener una ventaja indebida sobre otro. Una sociedad que colectivamente se ufana de “arreglar” los quebrantos a la ley a base de “mordidas”, sin preocuparse si esos quebrantos pueden lastimar a terceros. Una sociedad que justifica el robo hormiga en supermercados, tiendas y empresas con los ejemplos de políticos que roban cantidades millonarias. Una sociedad con empresas llenas de empresarios millonarios que ven cómo evadir impuestos, incumplir sus contratos y con empleados ladrones que perciben salarios irrisorios. Una sociedad con mercaderes que venden kilogramos de frutas y verduras de 800 gramos. Un país cuyos habitantes que viven en condominios sistemáticamente evaden el pago de sus cuotas de mantenimiento, pero que tienen la desfachatez de quejarse de faltas de reparaciones en sus conjuntos habitacionales. Ciudades cuyos centros de verificación expiden verificaciones aprobatorias a vehículos contaminantes cuyos dueños pagaron la consabida “mordida” para poder circular echando polución al aire. Una sociedad donde los padres sobornan a los maestros de sus hijos para darles calificaciones aprobatorias. Una sociedad donde priva el sospechosismo, la impunidad y la ausencia de credibilidad de sus instituciones porque ha perdido su brújula moral.

No es de extrañarse pues, ver miles de casos de alcaldes y funcionarios públicos que construyen millonarias mansiones durante o a la conclusión de sus mandatos, gobiernos municipales que se quedan sin luz porque alguien robó los pagos destinados a la Comisión Federal de Electricidad. Tampoco debe sorprender que los policías (sobre todo los locales) son verdaderas máquinas de extorsión: ¡qué esperar de una persona que percibe algo así como $5 dólares al día y tiene que mantener a una familia con ese salario! Además de que deben compartir las “mordidas” con sus superiores, mismas que transitan por una larga cadena de mandos policiacos hasta llegar al nivel más alto. Tampoco me extraña ver empresas como OHL y la filial mexicana de Odebrecht, que son verdaderos emporios criminales corruptores que surgen y operan al amparo del poder público.

México es asolado por la peste de los cárteles de drogas y el crimen organizado que hacen su mejor esfuerzo para destruir completamente al país. Es fácil hacer abstracciones: son “narcos”. Pero esos delincuentes son seres humanos que provienen de familias. ¿Qué clase de valores les inculcaron sus familias – sus padres y madres- que para ellos la vida humana no vale absolutamente nada? ¿Qué les fue enseñado desde niños en el seno de sus hogares que sin miramientos venden a otros seres humanos como esclavos o que los torturan y matan sin piedad?

Los mexicanos están pagando el precio más caro por su “ingenio”. El precio es la vida de más de 170 mil personas que han sido asesinadas en estos últimos diez años, y cerca de 30 mil desaparecidos. El precio es la indefensión resultante de la impunidad derivada de la corrupción. Es hora que los mexicanos despierten, se vean en el espejo y den un giro de 180° a sus actitudes y sistema de valores.

Hasta la próxima y buena suerte. Claudia Herrmann es Presidente de la Asociación de Mujeres Empresarias y Profesionales de Dallas cherrmann@amepusa.org

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