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“General; todo esta en la manera de negociar”

Lupita Colmenero | 9/27/2012, 4:20 p.m.

Jamás me habría imaginado, hace poco más de una década, que las experiencias vividas por entonces entre mi hija y yo, le marcarían para siempre y moldearían en cierta forma a la mujer fuerte, independiente, de carácter decisivo y de principios que hoy definen a mi hija. Yo estaba empeñada en hacer lo mejor por mis hijos, sin tener la certeza de como ser en realidad una buena madre. Siempre lo he dicho, ser padre es la profesión más importante en la vida y aun así es la única para la que no se va a la escuela, no se recibe un titulo ni se pasan cursos intensivos.

Se da provocada solo por el inmenso amor que ser madre inspira. Aunque las responsabilidades del trabajo me mantenían siempre atada, puedo decir con certeza que he sido afortunada pues nunca me perdí un evento importante en la vida de Eileen y Marquitos, mis hijos. Los vi crecer y siempre he estado ahí cuando me han necesitado. Si me querían con ellos en un viaje escolar ahí estuve, en una fiesta de sus amigos.

En la escuela, principalmente como voluntaria para los viajes escolares y en las juntas con los maestros, asistiendo a las clases abiertas de la escuela siempre que lo requerían. Había solo una regla, cuando se trataba de problemas con los compañeritos, ellos deberían de aprender a lidiar con la situación, cuando un adulto entraba en el conflicto ya fuera un maestro o un padre de familia, cuidado porque ahí estaría yo. Pero todo esto no fue suficiente para evitar los cambios no deseados.

Todo empezó cuando llego la hora de pasar a la secundaria, los primeros meses fueron un indicativo claro de que los tiempos estaban cambiando y por un momento me llegue a preguntar ¿quien era esa niña que dormía en el cuarto de mi hija? Ya no éramos las dos quienes escogían su ropa, era solo ella. Las discusiones al respecto fueron muchas y extensas. Al final la respuesta fue, mientras sea yo quien paga por lo que vistes, soy yo quien tiene la ultima palabra, pero por supuesto, esto solo acaloraba los ánimos y la dulce relación que por muchos años experimente con mi hija parecía esfumarse. Llegaron los cerrones de puerta, los “te odio” “tu no eres dueña de mi vida” etc. Yo, además atravesando por un horrible divorcio, lo cual también afectaba de manera irrefutable a mis hijos, lo que hacia era leer, buscar algún texto, algún libro que me dijera que no estaba sola y que lo que pasaba en mi familia tampoco era la excepción.

Un día entre al cuarto de mi hija y revise cada centímetro, buscando indicios que me dijeran lo que pasaba con ella. Las notitas de los amiguitos aparecieron como copitos de nieve en una tarde de invierno, por todas partes. Las encontré abajo de la cama, en un libro, en una libreta, en una gaveta. Fue así como me di cuenta que mi hija seguía siendo la misma niña dulce, compasiva y tierna, pero expuesta a influencias para ella nuevas y difíciles de entender.

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